Juan tenía 40 años cuando su hijo Luis inició los estudios en el Conservatorio. Varias veces a la semana le acompañaba al viejo caserón de la calle de San Jerónimo de Granada y, mientras el niño permanecía en clase, combatía el aburrimiento haciendo crucigramas o charlando con otros padres tan ociosos como él. Cuando Luis iba a comenzar el segundo Curso, Juan ya había tomado una decisión que alteraría el rumbo de su vida: se matricularía también en el Conservatorio y acudiría a las clases con su hijo. Con el tiempo, ambos concluyeron los estudios de piano y se convirtieron en profesores de música. Juan llegó a ser Director de un Conservatorio.
Ricardo tenía 48 años cuando decidió seguir estudios musicales. Sus compañeros de trabajo se lo tomaron a chufla. ¿Y piensas aprender piano?. ¡Pero si tienes los dedos más tiesos que la pata de Perico!. Ricardo sonreía ante estas burlas cariñosas que no alteraban un ápice su firme determinación. Es cierto que Ricardo no llegó a destacar como pianista pero adquirió la desenvoltura necesaria como para interpretar piezas de cierta complejidad y, lo que es más importante, para disfrutar con la música que, al decir de Platón, “da alma al universo, alas a la mente, vuelos a la imaginación, consuelo a la tristeza y vida y alegría a todas las cosas”.
José era, como tantos otros, un músico frustrado, un aficionado de medio pelo. De joven había tocado el laúd (en realidad lo hacía gemir) en una tuna universitaria. También soplaba la armónica, aporreaba el piano, y hacía chirriar a la guitarra. Mucho entusiasmo pero muy poca habilidad. Un buen día a José se le cruzaron los cables (hicieron un contacto luminoso) y a sus 52 años comenzó a estudiar solfeo y guitarra como Dios manda, es decir en una Escuela de Música. Para sorpresa de muchos, José avanzó y avanzó y, según mis noticias, aún sigue. Cuando alguien le recuerda que lleva cierto retraso, le responde que no tiene prisa por ser famoso.
Estas tres historias, cuyos detalles he falseado deliberadamente pero que son, esencialmente, verdaderas, podrían sumarse a otras tantas que tienen como protagonistas a personas mayores que han encontrado, al fin, la oportunidad de hacer lo que querían o que han descubierto que la música es un alimento espiritual del que no se puede prescindir.
Hay que incrementar sustancialmente la nómina de maestros y maestras “musicales”. Hace falta que dejen de escudarse en el “no tengo oído” o “no tengo tiempo” y se lancen a la maravillosa aventura de la música. Si lo hacen, todo serán satisfacciones porque su salud emocional se verá fortalecida. Y aunque no lleguen a alcanzar las cimas del virtuosismo profesional, piensen que si tienen en casa un instrumento y mujer (o marido), siempre tendrán algo que tocar.
